Hay límites y límites

Hay límites y límitesHay límites y límites

La Gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, advirtió que “lo que nos divide con La Pampa es un límite, pero hay que entender que somos todos argentinos. La violencia no debe ser el camino para resolver nuestras diferencias”.

La mandataria hizo estas declaraciones en una reciente visita que desarrolló en General Villegas, refiriéndose a los problemas que se suscitaron sobre el Meridiano V y que cobraron notoriedad en las últimas semanas a partir de la acción violenta del intendente de Rivadavia, Javier Reynoso: tras pelearse y empujar a policías de La Pampa, pasó manejando un camión para colocar una alcantarilla, aun a sabiendas de que existe el compromiso entre las dos provincias para no avanzar sin un expreso acuerdo conjunto. Este accionar violento –como pudo observarse en los videos que trascendieron- puede obedecer a la desesperación del propio Reynoso, quien días atrás recibió los reproches de vecinos de González Moreno justamente porque su intención no era colocar alcantarillas para evitar que el agua llegue al pueblo, sino hacer un terraplén que, igualmente, sólo retardaría la llegada. Ahora, si puede entenderse desde ese lado, también debe aceptarse que fue un comportamiento “autoritario”. Ahí hay una contradicción: horas después, en conferencia de prensa, el propio Reynoso rechazó ”todo accionar autoritario, intimidatorio y violento relacionado con la problemática hídrica existente en nuestra región y en especial nos oponemos a la posición que ha tomado el Gobierno de La Pampa desde fines del año 2015". Se plantea así la necesidad de un debate más profundo, más serio. La oposición a los accionares autoritarios no se discute. El tema es por qué se llega a esos extremos. En este caso, no puede decirse que La Pampa haya rechazado los caminos institucionales, más bien lo contrario: si se debate entre provincias qué hacer en la región es, en buena medida, por la insistencia pampeana para proponerlo. Explican los técnicos en la materia que la cosa es bastante simple: a La Pampa llega agua de Córdoba por declive natural del terreno, y lo hace en forma desordenada y descontrolada porque muchas veces arriba a través de canales clandestinos hechos por los productores para sacar el agua de sus campos. Esa masa de agua –que por supuesto, amenaza a pueblos y anega miles de hectáreas de producción- sigue, también por el declive del terreno, camino a Buenos Aires, en donde, por esas mismas razones, no la quieren. En este punto, los expertos señalan que no es una cuestión de voluntad: si la Provincia de Buenos Aires no hace las obras para conducirla al mar, el agua queda “encajonada” en La Pampa. Esta situación no es nueva, pero recrudeció este año producto de un régimen de lluvias superior a la media y otras causas que desbordaron las previsiones y provocaron las inundaciones de las que se habla. Frente a esto, el Gobierno tomó medidas prácticas, que no fueron obras nuevas, sino aprovechar mejor las ya existentes. Esas prácticas son las que, dicen desde Buenos Aires con liviandad, son “autoritarias”. Traducido, sería algo así: “sean tolerantes, quedensé con el agua que nosotros no queremos mientras hablamos”. Eso no es ser “todos argentinos”.