La cultura del trabajo, ¿qué nos pasa?

La cultura del trabajo, ¿qué nos pasa?

Es común por estos tiempos escuchar la queja por los incumplimientos laborales de un amplio sector de trabajadores vinculados a distintas ramas de lo privado. El reclamo, mayormente, es que las cosas quedan a “medio hacer”, que es lo mismo que mal hechas.

Entonces, quien los contrata –sin discutir el precio, como debe ser- se siente desprotegido en su buena fe, porque paga por algo que, además, debe controlar que se haga bien. La situación, lógicamente, obliga a preguntarse cómo ese necesario compromiso entre las partes se desvirtuó de tal manera, al tiempo que fomenta una sensación de desconfianza hacia el otro. Como en la mayoría de las cosas que tienen que ver con nuestra vida cotidiana, la cuestión tiene que ver con decisiones personales: en este caso de honrar los compromisos y de dar en la misma medida que exigimos. Eso, que parece fácil cuando se dice y no tan fácil cuando tiene que hacerse, forma parte de un cambio que debemos afrontar como sociedad. Es que sin ese compromiso las aspiraciones de desarrollar el empleo privado que impulsan los gobiernos como forma de mejorar la economía y también de ponerle freno al empleo público siempre caerán en saco roto. Porque es cierto que gobiernos y gobernantes deben dar un ejemplo y que con solo impulso –es decir, sin otras medidas como asesoramiento o seguimiento permanente- todo se reduce a buenas intenciones. Pero también lo es que sin una respuesta acorde desde los trabajadores ocurrirá lo mismo. Sin trabajo/trabajadores/sector privado, cualquier sociedad se ve condenada a la llanura en su desarrollo. Porque el Estado representa la otra alternativa, sea como empleador o como apoyo –único en muchos casos- de nuevas y valiosas iniciativas. Ese Estado tiene un límite como empleador y como sujeto económico: en La Pampa, el Gobierno explicó que destina más del 90 por ciento de sus ingresos al pago de salarios. En este contexto, está claro que el desarrollo del empleo privado, decente, sustentable y estable es una necesidad más que una opción. Ese empleo privado no puede crecer si los trabajadores no asumen el compromiso de hacer bien lo que se les encomienda y por lo que se les paga por una simple razón: el cumplimiento es la garantía de nuevas contrataciones. Que el latiguillo de que “todos los hombres son buenos, pero si se los controla son mejores” deje de ser una realidad depende de cada uno de nosotros. La libertad es, desde siempre, producto del compromiso con los otros.
“Un vínculo político que nos fortalece para planificar el desarrollo y reclamar lo que es nuestro”