Inundaciones, un desafío como sociedad

Inundaciones, un desafío como sociedad

Las inundaciones no dan tregua en La Pampa desde hace tiempo. Por el contrario, la situación se agrava con el paso de los días. Y sus consecuencias afectan, se ha dicho, a todos los habitantes de la provincia, en múltiples formas.

Entendernos todos como damnificados es un principio de solución, aunque parezca un dato casi insignificante. Es que aun cuando pueda entenderse como reflejo de la desesperación, cada intendente se topó con pedidos de acciones individuales –incluso con amenazas personales- a la hora de pensar en solucionar los inconvenientes. Lo explicó recientemente el intendente de Hilario Lagos, Norberto Rodríguez, quien habló de que “cuesta” hacer que el problema sea tomado como parte de una realidad que afecta a todos, algo que complica a quienes están al frente de los municipios y se encuentran con una realidad en la que apenas pueden hacer “obras paliativas” para evitar males peores. Entender, entonces, que “postergar” la solución de nuestra problemática en lo inmediato es colaborar con la solución del problema general asoma como un primer paso para encarar un tratamiento serio del tema. Es claro que será cuestión de los técnicos definir las acciones a desarrollar en el terreno, pero la disposición a aportar cada uno su granito de arena es indispensable. De hecho los dramas actuales se agravan, por ejemplo, por la extensión de monocultivo en los mismos campos que, por no permitir la rotación del sembrado, se impermeabilizan y se inundan. Este atender cada cual su juego no es nuevo ni de un sector. Pasa en la relación con las provincias vecinas: Córdoba hace obras y “su” agua llega a La Pampa; como Buenos Aires no hace las suyas, el líquido se acumula en la provincia, falta de solidaridad que ha motivado quejas entendibles, sobre las que estamos todos de acuerdo en que debe terminarse. Sin embargo, esa misma falta de solidaridad la repetimos como ciudadanos. En Santa Rosa, por ejemplo, el ascenso de las napas freáticas es una realidad. Una forma de combatirla sería la realización de perforaciones que doten a los domicilios de agua para consumos como el riego o el lavado, por ejemplo y, por extensión, las hagan descender. Y sin embargo no hay una política o legislación que impulse tareas como esa, más allá de que no resulta difícil concientizar sobre sus beneficios.Y así podrían sumarse los casos en cada localidad, en cada pueblo. En suma, se trata de no vivir echando culpas, sino de impulsar acciones que modifiquen realidades. Todos, cada uno desde nuestro lugar, podemos hacer algo más que quejarnos.