Violencia: ¿Y por casa cómo andamos?

El caso de la alumna que agredió a una docente en el Colegio Madre Teresa de Calcuta a fines de la semana pasada reinstaló el debate sobre la violencia en la que estamos inmersos.

El caso de la alumna que agredió a una docente en el Colegio Madre Teresa de Calcuta a fines de la semana pasada reinstaló el debate sobre la violencia en la que estamos inmersos. Y acaparó la atención de los medios porteños, tan prestos para volver los ojos sobre La Pampa cuando se trata de casos escandalosos, en donde se puede hacer morbo. Independientemente de esta actitud mediática, el hecho puede y debe servir como punto de partida para pensarnos como sociedad, porque la violencia forma parte de muchísimos de nuestros actos cotidianos aunque la veamos como algo que siempre generan otros. Así, aun entendiendo que hay grados y grados de violencia y que lo que ocurrió en la escuela es un hecho grave, un análisis serio de la situación –o sea, pensando para solucionarlo- debería empezar por nosotros mismos. Porque en definitiva cada uno tiene la posibilidad de ser menos violento, y así contribuir a una sociedad más tolerante. Por poner un ejemplo: el tránsito. ¿Cuántos bocinazos se escuchan por las calles? ¿Cuántos insultos al aire largamos cómo conductores por cuestiones mínimas como por ejemplo enterarnos que el de adelante va a estacionar y nos avisa sobre la marcha? ¿Qué ejemplo damos cuando hacemos eso? ¿Cuántas veces violamos la ley? ¿No “generamos” violencia? Sin caer en la candidez ni transformarse en discípulos de Ghandi –aunque bien podría estudiarse su filosofía- sería un buen punto de partida buscar soluciones sin esperar que sea el Gobierno o los demás quienes lo hagan. Esa actitud implicaría principalmente educar. Con cariño, con rigor, con lo que sea necesario, pero fundamentalmente con el ejemplo. En este sentido examinarnos como sujetos ejemplificadores es indispensable: si nos comportamos como violentos en nuestra casa, en la vía pública, en una cancha, en cualquier ámbito, ¿cómo nuestros hijos no van a hacer lo mismo? Naturalmente, esto no significa desconocer que muchas veces la violencia es una respuesta a situaciones que nos superan, que tienen que ver con el contexto. A propósito de esto, un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina (UCA) reveló que en el país hay 8 millones de personas que (mal)viven en situación de pobreza, de los cuales 6 millones pasan hambre. O lo que es lo mismo: en 1 de cada 10 hogares no hay recursos para alimentar a su familia. ¿Alguien imagina una forma de violencia más cruel que esa? ¿Qué puede esperarse de alguien expuesto a esa situación? Esta inacción repudiable del Estado Nacional -"Pobreza Cero" fue la promesa, y la pobreza aumentó en este año y medio de gestión- debe ser erradicada porque mentir es violencia también. De todas formas, se insiste: no debemos quedarnos esperando sólo respuestas desde afuera. Empezar por casa es una obligación.
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