No todos los ladrones son iguales

No todos los ladrones son iguales

La violencia nos identifica como sociedad, lamentablemente, y muchos ciudadanos la usan para resolver casi cualquier conflicto, como si hubiera un solo camino.

Empecemos por afirmar que robar está mal. Haga quien lo haga y sea por la razón que sea…pero hay casos y casos. En los últimos días se sucedieron dos hechos trágicos en donde murieron dos personas y en los que estuvieron involucrados agentes de seguridad. En ambos, la violencia se hizo presente, pero las circunstancias no fueron idénticas. El primero ocurrió el pasado lunes feriado en el barrio porteño de San Cristóbal, cuando un colectivero avisó a la policía que había un hombre con un arma blanca que interrumpía el tránsito y asustaba a los transeúntes. Hasta allí llegaron algunos miembros de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires para corroborar la situación. Ante la señal de alto, el denunciado no hizo caso y uno de los agentes le pegó una patada entre el estómago y el pecho, haciéndolo caer hacia atrás. El hombre dio su cabeza contra el asfalto y murió un rato después en un centro sanitario. El hecho dividió las aguas en la opinión pública, como siempre pasa con estos casos, entre los que consideraban que el oficial había actuado bien y los que sostenían que se había excedido en el uso de la fuerza. Más allá de todo, será la Justicia la encargada de resolver. El otro suceso trágico tuvo lugar unos días antes, el viernes 16 pasado, cuando un hombre de 68 años, que padecía demencia senil, salió de un supermercado Coto del barrio de San Telmo, llevándose sin pagar queso, aceite y un chocolate. Un custodio y un empleado que trabajaban en el lugar lo habrían empezaron a golpear en el interior del local, recuperaron la mercadería, pero no conformes con eso lo siguieron golpeando en el exterior y luego lo dejaron abandonado en la vereda. El señor falleció, a causa de un traumatismo cranoencefálico y posterior hemorragia cerebral. Las personas que presenciaron el ataque relataron que los custodios incluso patearon en el suelo a la víctima, cuando esta ni siquiera ya podía ofrecer resistencia. Un joven que vive en la calle increpó a los policías, que se molestaban porque algunos sacaban fotografías, a los agentes de seguridad privada de Coto, y les dijo: \\\"Ustedes le pegan así a la gente por robar comida y les pegan porque no saben lo que es tener hambre\\\". Ahí está el quid de la cuestión en estos dos hechos que demuestran el alto nivel de violencia en el cual nuestra sociedad está inmersa, y es algo a los que mucha gente recurren para resolver conflictos. Pero una cosa es golpear a alguien que pone en peligro la integridad de terceros y otra cosa es violentar salvajemente a alguien que roba un par de artículos alimenticios para poder comer, o que quizás no se dio cuenta de su acto por sufrir de demencia senil. Si no aprendemos a diferenciar cuando una situación amerita recurrir al uso de la fuerza física y cuando no, estamos condenados al fracaso como comunidad. Las fuerzas de seguridad que están encargadas de proteger a la gente deben estar altamente capacitadas para saber diferenciar los casos. Una cosa es robar para comer y otra muy diferente es robar un celular, un televisor o algún elemento material que no satisface ninguna necesidad vital. Si alguien tiene hambre porque se quedó sin trabajo, porque la plata no le alcanza o por lo que fuere, hay múltiples maneras de solucionarlo, pero nunca una de ellas puede ser la violencia. Como ciudadanos debemos comprender las coyunturas, porque si no reflexionamos como sociedad sobre nuestras formas de dirimir, ningún gobierno podrá salvarnos.