La gran poeta pampeana

La gran poeta pampeana

Se cumplen 20 años de la muerte de Olga Orozco, una escritora que cultivó un estilo propio que siempre puede ser descubierto.

Durante una entrevista que le hicieron a Olga Orozco en julio de 1989, diez años antes de su fallecimiento, le preguntaron qué era nacer en Toay. La escritora contestó lo siguiente: “Es no tener, como la gente de la ciudad, la pared contra la nariz. Es contar con la eternidad. Se puede seguir la aventura de la lagartija, la aventura de las escapadas a la hora de la siesta, la aventura de subir a un árbol lleno de fruta verde”. Ella había nacido en dicha localidad pampeana un 17 de marzo de 1920. Vivió allí hasta sus ocho años, para luego trasladarse a Bahía Blanca e instalarse definitivamente en Capital Federal en 1936. Obtuvo el título de maestra pero nunca ejerció la profesión. Y con el tiempo se licenció en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Como le pasó a la mayoría, no hizo dinero con la poesía, y trabajó mucho tiempo como periodista, escribiendo en revistas emblemáticas de la cultura argentina (“Canto”, “A partir de cero”, “Sur”, “Cabalgata”, “Anales de Buenos Aires”). Llegó a tener ocho seudónimos distintos para firmar sus notas porque usaba estilos muy diferentes, ya que en ciertas ocasiones algunas ediciones eran publicadas con cuatro o cinco artículos suyos. Según sus propias palabras, empezó a escribir para contestarse a sí misma sobre los “misterios” que la interrogaban. Perdió tres hermanos: dos antes de nacer ella y uno después. Falleció cuando tenía 20 años y Olga 5. Eran muy parecidos, cuando su madre la miraba se ponía llorar porque le era inevitable recordar a su hijo. La poetisa toayense se hizo conocida por escribir durante muchos años los horóscopos en el diario Clarín. También era muy buena para tirar el Tarot pero una premonición sobre la muerte de un amigo que finalmente se cumplió y un sueño donde ella era juzgada, la alejaron para siempre de esa actividad. Para Olga la idea de felicidad era “el amor absoluto y permanente, hasta la muerte” y le hubiese gustado ser algo imposible: “Siempre joven”. Consideraba que su mayor defecto era poseer debilidad pero con apariencia de fortaleza No tuvo hijos. Quizás por eso su objeto preferido entre todos los que tenía era una akwaba, que suele ser llevada colgada en sus espaldas por las mujeres en África para invocar la fertilidad. Supo ser actriz de radioteatro, pero fue en la literatura donde cosechó sus mayores logros. Ganó diversos premios de poesía, entre los cuales se destaca el Octavo Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe “Juan Rulfo” en 1998. También conquistó la beca del Fondo Nacional de las Artes. Publicó varios libros de poemas: “Desde lejos” (1946), “Las muertes” (1952), “Los juegos peligrosos” (1962), “Museo salvaje” (1974), “Veintinueve poemas” (1975), “Cantos a Berenice” (1977), “Mutaciones de la realidad” (1979), “La noche a la deriva” (1984), “En el revés del cielo” (1987) y “Con esta boca, en este mundo” (1984). Escribió también dos libros de relatos autobiográficos, “La oscuridad es otro sol” (1962) y “También la luz es un abismo” (1995); y una obra de teatro: “Y el humo de tu incendio está subiendo” (1971). Nos dejó un 15 de agosto de 1999 en Buenos Aires. Su casa natal de Toay fue convertida en un museo que lleva su nombre. La muerte y la soledad eran temas recurrentes en toda su obra, pero también lo fue la evocación ensoñadora de su paisaje de la infancia, rodeada de llanura pampeana, en forma de paraíso perdido.