Se cumplen 74 años de uno de los hechos históricos más vergonzosos de la humanidad

Se cumplen 74 años de uno de los hechos históricos más vergonzosos de la humanidad

La bomba atómica que Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima mató a 100 mil personas en nueve segundos.

La historia cuenta que fue el físico Albert Einstein quien puso sobre aviso al presidente de Estados Unidos, Franklin Roosevelt, por intermedio de una carta que le envió en agosto de 1939 y hablaba de una bomba que tenía un poder inimaginable, la cual podía ser usada para sembrar terror si llegaba a manos de Adolf Hitler. A raíz de esa misiva, Roosevelt dio la orden de comenzar con el Proyecto Manhattan, que investigaría la fisión nuclear. El plan era ultrasecreto, ni siquiera el vicepresidente yanqui, Harry S. Truman, estaba enterado y se tardó dos años en convencer a los científicos de que era posible crear una bomba atómica. Un día después de que las autoridades lograron ese cometido y asignaron presupuesto, Japón bombardeó la base estadounidense de Pearl Harbor. Era el 7 de diciembre de 1941. Casi un año más tarde, el 2 de diciembre de 1942, el grupo de científicos seleccionados para trabajar en el Proyecto Manhattan (entre los que había algunos premios Nobel) descubrió la reacción en cadena: un átomo de uranio que se dividió y liberó neutrones, que a su vez podían dividirse en más átomos de uranio. El primer objetivo ya estaba conseguido. Los 6.000 científicos y técnicos abocados al proyecto fueron trasladados a Los Álamos, donde el gobierno estadounidense había fundado una mini ciudad para ellos y sus familias. No había límites económicos para financiar la idea. En 1944, la inteligencia de Estados Unidos comprobó que Alemania no estaba construyendo una bomba atómica, tal como había advertido Einstein que podría llegar a suceder. Esa información llegó hasta Los Álamos y se generó un conflicto sobre si se debía continuar con el proyecto Manhattan. El poder político yanqui ordenó que sí. Japón tampoco era una amenaza militar porque estaba muy debilitado. Como la motivación principal, oponerse a Hitler, había caído se sugirió convocar a científicos japoneses y veedores imparciales para hacerlos observar una demostración del poder de la bomba en algún lugar alejado con la finalidad de persuadir a los orientales de que se rindan. Lamentablemente, la idea fue desestimada. Sin embargo, la demostración se realizó el 16 de julio de 1945 en Alamogordo, Nuevo México. Algunos científicos y mandos miliares se ubicaron a 9 kilómetros del punto desierto donde la bomba hizo impacto. La explosión y el estruendo igual los impresionó sobremanera y quedaron callados por unos segundos, sin poder dar crédito a sus ojos. Nadie había visto nunca algo igual. Para esa época, Einstein envió una nueva carta al presidente, donde señalaba lo siguiente: “Toda posible ventaja militar que Estados Unidos pudiese conseguir con las armas nucleares quedará totalmente oscurecida por las pérdidas psicológicas y políticas, así como por los daños causados al prestigio del país. Podría incluso provocar una carrera armamentística mundial”. Esta vez, el genio alemán no fue oído por el gobierno. Un día después de la prueba en Alamogordo, la bomba atómica (bautizada con el nombre de “Little Boy”, niño pequeño) fue embarcada en el crucero de guerra Indianápolis que la transportó hasta Tinian, la base norteamericana más importante del océano Pacífico. Allí fue cargada en el Boeing B-29 Superfortress, más conocido como “Enola Gay”. La decisión de arrojar la bomba sobre Hiroshima fue hecha a último momento, ya que antes se habían barajado los nombres de otras tres ciudades: Kokura, Niigata y Kyoto. Los requisitos para integrar esta lista no eran muchos, se basaban más que nada en no haber sufrido bombardeos antes. El objetivo yanqui era claro: destruir por completo un lugar para no dejar dudas del poder colosal de la nueva arma y que nadie más se pudiera atribuir ese mérito. Hiroshima cumplía los requisitos. Solo habían tirado dos bombas sobre su ejido, una cayó al mar y la otra produjo dos muertos. Sus habitantes se sentían con mucha suerte por ello, y ya corrían los más disparatados rumores sobre porque no habían experimentado el daño y la destrucción de sus otros compatriotas. Esa suerte se terminó el 6 de agosto de 1945. Durante la madrugada sobrevoló el cielo de Hiroshima y la alarma antiárea sonó, pero ya era una costumbre en el último mes. Pero esta vez era diferente, el avión que pasó era el Straight Flush, un B-29 que tenía la misión de hacer la misma ruta que más tarde recorrería el Enola Gay para cerciorarse de las condiciones metereológicas reinantes. El piloto informó que, desde el cielo, la ciudad se veía claramente, o sea que el clima estaba propicio para la masacre. Una hora después, a las 8:15 de la mañana, el Enola Gay sobrevoló las alturas de Hiroshima y arrojó a Little Boy. Así dio comienzo a una nueva era de la humanidad, la era atómica. 100.000 personas murieron en solo nueve segundos, 70.000 casas fueron destruidas y 60.000 ciudadanos resultaron con heridas graves. La mayoría de ellos moriría en los días y meses posteriores al ataque. “Un avión norteamericano lanzó una bomba sobre Hiroshima inutilizándola. Los japoneses comenzaron la guerra por el aire en Pearl Harbor. Han sido correspondidos sobradamente. Este no es el final. Si no aceptan las condiciones pueden esperar una lluvia de fuego que sembrará más ruinas que todas las hasta ahora vistas sobre la tierra”, informó y amenazó por radio el presidente estadounidense, Truman, doce horas después del atentado. Un kilómetro y medio alrededor del punto de explosión no había quedado nada con vida. Todo había sido reducido a polvo, la gente se desintegró. Los sobrevivientes no podían ayudarse entre ellos porque cuando querían tomarse de las manos o los brazos se les salía la piel como si nada. Las quemaduras se agravaban en solo cuestión de horas y solo un 10% de los médicos de la localidad había quedado en condiciones de atender pacientes. Lo peor no había pasado. Con las horas fueron muriendo quienes padecían graves heridas, con los días les llegó el turno a los quemados y con los meses, mucha gente empezó a experimentar pérdida de cabello, vómitos, diarreas, sangrado espontáneo, se les abrían las heridas cicatrizadas y sufrían cuadros de fiebre de más de 41 grados. Era el efecto de la radiación, que empezaba a asesinar lentamente.