Las campañas ya no son ideológicas, son emotivas

Las campañas ya no son ideológicas, son emotivas

La disputa por poner al próximo presidente argentino muestra facetas muy acordes a los tiempos actuales de la política mediática y la apelación a las emociones.

Los partidos políticos atraviesan una especie de crisis desde hace algunos años porque ahora existe un creciente número de ciudadanos que vota candidatos, sin importarle mucho a qué agrupación pertenecen. Los principios partidarios y las ideologías han pasado a un segundo plano, junto a las condiciones socioeconómicas y culturales de quienes votan. Lo que más incide en una campaña política actual son las emociones. No obstante, desde la década del 90´ diversos estudios vienen demostrando que las campañas tienen impacto en los resultados de los comicios aunque ahora el escenario de disputa cambió porque todo mayormente se define en y a través de los medios de comunicación y las plataformas digitales. Por otro lado, también ha crecido la cantidad de indecisos que definen su voto días antes de las elecciones o, incluso, recién cuando entran al cuarto oscuro. Así es que muchas herramientas de comunicación política actuales están orientadas a convencer a ese sector que puede llegar a marcar la diferencia. La campaña presidencial argentina está siendo un ejemplo de ello. El oficialismo intenta despertar el miedo en la población, atacando a su opositor con acusaciones infundadas y recurriendo a metáforas que dan cuenta del posible regreso de un monstruo. En tanto que la oposición critica continuamente lo hecho por quienes gestionan el Estado en la actualidad, remarcando los problemas y sufrimientos materiales que la gente ya conoce pero no haciendo ninguna propuesta concreta sobre cómo piensan arreglar la situación. Asimismo, esto también ocurre debido a que existen estudios que demuestran que llevar adelante una campaña negativa es más recordado por la ciudadanía que hacer una campaña positiva. Desde ahí se explica que Juntos por el Cambio hable de marxismo, comunismo, de La Cámpora; y el Frente de Todos apele al neoliberalismo, la fuga de capitales, y el abandono estatal. O sea, tildar de “ladrón”, “corrupto”, o calificativos por el estilo, a los contrincantes impacta más y dura mayor tiempo en la memoria del electorado que prometer, por ejemplo, que se va a mejorar la educación, la salud y demás. Sin embargo, es un fenómeno que se da a nivel global, no es algo que solo ocurre en Argentina. Los políticos ya no son más hombres de partidos, sino más bien personajes mediáticos que dominan técnicas de comunicación para expresar aspectos de su personalidad, desarrollar un carisma y un lenguaje corporal y verbal que les sirva para despertar sentimientos entre los votantes. Esos sentimientos que se buscan motivar, dependiendo de las circunstancias, podrán ser de miedo o de entusiasmo. En el primer caso se trata de generar metáforas en la mente de las personas para que tengan temor ante algo que puede avecinarse, y en el segundo se intenta crear una sensación de esperanza relacionada con un cambio o transformación que se anhela. Este proceso de modificación en los hábitos políticos produce un deterioro de la calidad democrática de un país y vuelve mucho más compleja la gobernabilidad. Pero no olvidemos que los políticos no son marcianos, surgen de la misma sociedad nuestra, en la que vivimos todos, así que tenemos más cosas en común de las que creemos.