La mujer guerrera que fue vanguardia

La mujer guerrera que fue vanguardia

Juana Azurduy perdió a cuatro de sus cinco hijos y a su marido por pelear contra los realistas españoles y lograr la revolución en el Alto Perú.

René Favaloro nació el 12 de julio de 1923, pero el mismo día y 143 años antes que el doctor, llegó a esta vida una mujer que también peleó a su manera por libertad, justicia y por el bienestar de los más desprotegidos. Juana Azurduy nació en 1780 en Chuquisaca, Bolivia, y desde muy temprana edad demostraría signos de rebeldía cuando su familia la mandó a un convento para que se convirtiera en monja, pero fue expulsada con tan solo 17 años debido a su conducta. Una vez libre de la doctrina religiosa, la joven acompañó a su pareja, el comandante Manuel Ascencio Padilla a luchar en las revoluciones de Chuiquisaca y La Paz en 1809. Un año después de esos hechos, alojó y ofreció hasta lo que no tuvo a las tropas libertadoras que arribaban de Buenos Aires comandadas por Juan José Castelli persiguiendo el sueño de hacer la revolución en el Alto Perú. La valentía demostrada por Juana en el campo de batalla le dieron fama entre las filas enemigas. Colaboró en la creación de una milicia de más de 10.000 aborígenes y estuvo a cargo de varios escuadrones, batallando en más de treinta combates que permitieron recobrar el dominio sobre las ciudades de Arequipa, Puno, Cuzco y La Paz. Pero la lucha por la revolución no fue gratuita para nadie, y menos para esta mujer que perdió a cuatro de sus cinco hijos. Pero no se quebró, estaba hecha de coraje. “La propuesta de dinero y otros intereses sólo debería hacerse a los infames que pelean por mantener la esclavitud, más no a los que defendían su dulce libertad, como él lo haría a sangre y fuego”, le contestó una vez a un general español que quiso sobornar a su marido, pensando que la miseria que sufría la pareja los haría venderse. Azurduy se convirtió en una de las mejores colaboradoras del general Martín Miguel de Güemes y fue investida con el grado de teniente coronel de una división llamada “Decididos del Perú”. El decreto de agosto de 1816 que le concedió este honor fue firmado por Pueyrredón, pero el nombramiento concreto lo hizo Manuel Belgrano, quien le otorgó su propio sable a Juana, ese que había acompañado al creador de la bandera en las batallas de Salta, Tucumán y durante el éxodo jujeño. Tres meses después, resultó herida en un enfrentamiento contra los realistas en Villar. Su marido se apresuró a su rescate, y lo logró, pero a cambio dejó su vida. Así Juana quedó casi completamente sola, y el Alto Perú perdió a uno de sus más importantes jefes. La nueva piedra que la vida le puso en medio tampoco la detuvo, continuó peleando junto al comandante Francisco Uriondo, el “moto” Méndez y los hermanos Rojas, para volver a alistarse en las tropas de Güemes un tiempo después. Hasta que “el padre de los pobres” fue traicionado y asesinado en junio de 1821. Entonces Juana decidió volver a su tierra natal. Una tarde de noviembre de 1825, mientras Juana se encontraba en su casa junto a su hija Luisa y su nieta Cesárea, alguien golpeó la puerta. Era el general Simón Bolívar, que había ido especialmente para conocerla. Sobraron las palabras porque se dijeron todo con un abrazo. “Esta república, en lugar de hacer referencia a mi apellido, debería llevar el de los Padilla”, expresó el Libertador. Como muchos héroes y próceres de nuestra patria americana, Juana no recibió ningún reconocimiento del Estado. Ni siquiera le pagaban la pensión que le correspondía y le adeudaban varios sueldos por haber sido coronela. Bolívar le concedió una pensión vitalicia, que luego fue incrementada por el presidente de Bolivia, pero que igualmente Juana no podía cobrar regularmente. Una de las pocas batallas que perdió fue contra la burocracia, y así se quedó hasta sin ese ingreso. “Sólo el sagrado amor a la patria me ha hecho soportable la pérdida de un marido sobre cuya tumba había jurado vengar su muerte y seguir su ejemplo; mas el cielo que señala ya el término de los tiranos, quiso regresase a mi casa donde he encontrado disipados mis intereses y agotados todos los medios que pudieran proporcionar mi subsistencia; en fin rodeada de una hija que no tiene más patrimonio que las lágrimas”, escribió en la etapa final de su vida. Murió en una vivienda humilde ubicada en una calle llamada “España”, valga paradoja, un 25 de mayo de 1862, cuando se cumplían 52 años de la Revolución de Mayo en Argentina. Juana Azurduy se fue de este mundo sola, pobre y olvidada.