El rey inca que no fue

El rey inca que no fue

Mientras se intentaba profundizar el proceso revolucionario argentino y declarar la independencia, estuvo muy cerca de triunfar la idea de tener un rey inca.

El contexto durante la época en que Argentina formaba parte de las Provincias Unidas del Río de La Plata y se aprestaba a declarar su independencia no era para nada pacífico, la rosca política estaba a la orden del día y cada cual tenía su interés. Buenos Aires, sede del Directorio a cargo de Juan Martín de Pueyrredón, temía que se produjera una invasión portuguesa ya que José Gervasio Artigas había consolidado su poderío en la banda oriental y en las jurisdicciones del litoral, y mantenía una férrea posición de enfrentamiento con el centralismo porteño. Mientras tanto en Europa se desarrollaba el Congreso de Viena, donde se determinó el fracaso de las Repúblicas y la vuelta de las monarquías absolutistas. Además, Fernando VII tenía la intención de mandar expediciones para recuperar las colonias españolas en América. El 6 de julio de 1816, un día después de que Manuel Belgrano volvió de Europa, donde había viajado con Bernardino Rivadavia un año y medio antes, los congresales se enteraron los detalles de la situación reinante del otro lado del océano. El creador de la bandera argentina y Rivadavia habían ido al viejo continente en plan de misión diplomática para conocer de primera mano la posibilidad de una nueva invasión militar española y reunirse con autoridades de las distintas cortes europeas en pos de que reconozcan el proceso revolucionario que había comenzado nuestro país en 1810. Belgrano le relató a los congresales en Tucumán que Gran Bretaña, gobernada por una monarquía constitucional, era un modelo a seguir y propuso implementar una monarquía americana “atemperada”, cuyo monarca fuera inca. Este pueblo había sido desplazado por los españoles 300 años antes. “Yo hablé, me exalté, lloré e hice llorar a todos al considerar la situación infeliz del país. Les hablé de la monarquía constitucional con la representación soberana de la Casa de los Incas: todos aceptaron la idea”, expresó Belgrano, según puede leerse en sus memorias que hablan de la sesión de ese 6 de julio. La idea de tener un rey inca no era una cuestión novedosa en América, ya que anteriormente había habido algunos intentos para poner en el poder a un representante de esa dinastía. En 1798 el venezolano Francisco de Miranda se lo había propuesto al primer ministro británico William Pitt. Asimismo, era un proyecto que las personalidades que habían impulsado la revolución de 1810 venían barajando hace tiempo. A modo de muestra, basta con recordar que la Asamblea del año XIII había abolido la mita, la encomienda y el yanaconazgo, sistemas de explotación laboral por parte de los españoles hacia los indígenas. De la misma manera, algunos símbolos patrios presentan elementos que refieren a los incas, como por ejemplo la segunda estrofa del Himno Nacional Argentino origina, que dice “…se conmueven del Inca las tumbas, y en sus huesos revive el ardor…”; o el escudo que incorporó el sol incaico en su diseño. Manuel Antonio Acevedo propuso el día 12 que la iniciativa de Belgrano fuera debatida y solicitó que Cuzco sea la capital de ese reino. Por su parte, el diputado Gazcón propuso que Buenos Aires fuese la capital, y Tomás de Anchorena, legislador por los bonaerenses, postuló a la federación de provincias como forma de gobierno. La idea de tener un rey inca y declarar la independencia contó con la aprobación de José de San Martín, quien en ese momento se encontraba con los preparativos para cruzar la Cordillera de los Andes, y Martín Miguel de Güemes, encargado de defender la frontera norte del país contra los avances realistas. El objetivo de nombrar un rey inca era lograr la adhesión política de la populosa población indígena que habitaba en el norte, provocar la deserción de aquellos indígenas que habían sido sumados por la fuerza a las filas del ejército español y, al mismo tiempo, debilitar a las fuerzas de Artigas que contaba con numerosos soldados aborígenes. La noticia produjo fiestas callejeras y gran algarabía entre los indígenas, al enterarse que podrían pasar a ser gobernados por alguien de su mismo origen. Sin embargo, el primer freno fue puesto por el sanjuanino Fray Justo Santa María de Oro. “América no se adapta a la monarquía; ni las ideas ni sus hijos son acordes a ellas: Para declarar la forma de gobierno era preciso consultar previamente a los pueblos”, manifestó el cuyano, y pidió permiso para retirarse del Congreso de Tucumán. Al final el proyecto no se concretó y cuando el Congreso se trasladó a Buenos Aires en 1817, perdió impulso. Los tres nombres incas que se tuvieron en cuenta en caso de ser necesario fueron el de Tupac Amaru II, Juan Andrés Jiménez de León Moncocapac y Dionisio Inca Yupanqui. Belgrano dijo lo siguiente respecto a los congresales que se opusieron a su propuesta: “Se han contentado con declarar la independencia, y lo principal ha quedado aún en el aire; de lo que para mi entender resulta el desorden en que estamos; porque un país que tiene un gobierno, sea el que fuere, sin Constitución, jamás podrá dirigirse sino por la arbitrariedad; y aunque concedamos que éste sea dirigido por la más recta justicia, siempre hay lugar, no existiendo reglas fijas, para tratar de despótica la autoridad que gobierna”. Finalmente se llegaría a 1820 con un Estado gobernado por la anarquía, que no había logrado ni un sistema de monarquía absoluta ni tampoco poner en el poder a un rey inca. Habían sido años de prueba y error, y los dirigentes nacionales no sabían hacia donde se iba con la incipiente nación.