Estudiar e irse a dormir sin comer

Estudiar e irse a dormir sin comer

Los chicos y los abuelos son quienes más sufren las consecuencias de la crisis.

El haber mínimo jubilatorio es, actualmente, de $11.528,44, la Pensión Universal para el Adulto Mayor (PUAM) es de $9.222,75 y la Ayuda Escolar Anual, que el Estado paga a los trabajadores formales, a los beneficiarios de la PUAM, la Prestación por Desempleo y la Asignación Universal por Hijo, es de $1.884 por cada niño. Estas cifras resultan irrisorias si se las compara con el precio de los alimentos o los medicamentos, que son los productos claves que casi están obligados a consumir estos dos grupos. Los niños necesitan la comida para crecer sanos y los abuelos también necesitan alimentarse pero aparte tienen que comprar remedios para su salud. La inflación de Argentina es la tercera más alta a nivel mundial. Solo somos superados por Venezuela y Zimbabue. Entre mayo de 2018 y mayo de este año, los precios acumularon un incremento del 57,3%, el nivel más alto desde el año 1992. En tanto que los medicamentos subieron su valor un 266% entre mayo de 2015 y abril de 2019. En ese mismo período, la jubilación mínima creció solamente un 172%. Así se les hace imposible a los más chicos y a los más viejitos poder vivir dignamente en nuestro país. La crisis lleva a que consuman comida chatarra porque la comida sana es más cara y se vuelve casi imposible acceder a ella. Los jóvenes se nutren mal y eso les trae consecuencias irreversibles para el día de mañana. Problemas de crecimiento, de desarrollo cerebral, inconvenientes en la piel o lesiones en las encías son solo algunos de los riesgos a los que se expone un niño mal alimentado. Nuestros abuelos también sufren gravemente la falta de comida y eso les aumenta el riesgo de padecer alguna patología cardiovascular. Asimismo, también se vuelven propensos a tener anemia, fatigas, disminución del ritmo respiratorio, fracturas y deterioro del estado funcional. Lamentablemente cada vez son más los casos de los chicos que van a la escuela con hambre o de los adultos mayores que se van a dormir temprano, no por costumbre, sino para esquivar las ganas de probar algún alimento que no tienen. Los niños y jubilados con bajo peso son las nuevas caras de la crisis. Si el Estado no puede garantizar los derechos más básicos de nuestros niños y abuelos, que son el futuro y el pasado, estamos condenados a fracasar como país.