La gente que se prepara para el fin del mundo

La gente que se prepara para el fin del mundo

En Argentina, y en el mundo, existen personas que creen que la vida humana podría terminar en cualquier momento y toman recaudos para enfrentarlo.

Preparacionista se le llama a la gente que está convencida que el fin del mundo se acerca y lleva adelante ciertas acciones y precauciones para poder sobrevivir cuando ello ocurra. Las ideas que dieron surgimiento a personas con este tipo de pensamientos se remontan a la década del ´60, en épocas de la Guerra Fría, cuando EE.UU. descubrió que Cuba poseía armas pertenecientes a la Unión Soviética y especuló que podrían ser usadas para atacar su país desde larga distancia. A raíz de esa información, no fueron pocos los habitantes yanquis que empezaron a construir refugios anti-bombas en los patios de sus casas, almacenar comida, agua, se instruyeron en la elaboración de armas caseras y en el conocimiento de flores comestibles. Con el pasar de los años fueron los hechos sociales los que siguieron alentando el crecimiento de esta tendencia preparacionista: el supuesto fin del mundo el 1 de enero de 2000 por el cambio de siglo, la profecía maya del 2002 que no se cumplió, los ataques terroristas a las torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. En Argentina, en tanto, fueron los saqueos producidos en las más importantes ciudades del país durante la crisis social, política y económica de diciembre del 2001 la que llevó a Julián, que en ese entonces vivía en Mar del Plata, a volverse un preparacionista que espera lo peor. “Fui testigo de los saqueos a los supermercados. Vi a mis vecinos comportándose como buitres, a mujeres peleándose por un paquete de arroz", rememora el hombre de 47 años que hoy tiene esposa, dos hijos y vive en Mendoza. Un artículo del diario Tiempo Argentino indaga sobre el porqué del comportamiento de Julián. Para él, ser preparacionista “es estar listo para la próxima crisis” debido a que considera que “hay muchas cosas que pueden hacer que nuestra vidas cambien en un segundo, puede ser un caos político o social, puede ser bélico, espacial”. Con espacial se refiere a la caída de un asteroide, la entrada en erupción de todos los volcanes al mismo tiempo o un tsunami. Si ocurre algo de eso, afirma que el gobierno no va a ayudar a nadie “y si tenés una familia, estar preparado es una obligación moral”. Informa que si el arroz se guarda bien puede llegar a durar hasta 30 años y revela que, aunque no fuma, tiene guardados varios paquetes de cigarrillos para usarlos como moneda de trueque el día que el mundo se venga abajo. Del 2001 en adelante, Julián desarrolló mil saberes para prepararse cuando todo estalle. Aprendió técnicas de supervivencia, cosechó y almacenó alimentos en botellas de plástico, llenó tanques de agua, acopió purificadores, aprendió a deshidratar frutas, vegetales y carnes, instaló trampas caseras en su propiedad, determinó puntos de encuentro, ocultó provisiones bajo tierra fuera de la ciudad donde vive, aprendió a comer de la naturaleza, se capacitó en defensa personal, tiro y manejo de armas blancas y construyó un bunker en el fondo de su casa. No obstante, se diferencia de los “paranoicos que compran armas” y señala que él sólo se prepara “para eventualidades” porque “en estas cosas hay que ocuparse, no preocuparse”. Otro caso es protagonizado por Julio, quien vive a 15 kilómetros de la ciudad de Córdoba y atiende un comercio. "Empecé a prepararme en 2012 por las profecías mayas del fin del mundo; junté alimentos y me armé un refugio espectacular a un costado de mi casa. Fue una excavación muy grande, y ahora todo el centro de la casa está ahí: tanques cisternas, un banco de baterías, el sistema de iluminación solar”, relata. De manera autodidacta, recabó toda la información que pudo y ahora sabe conseguir agua y potabilizarla y tiene conocimiento respecto a plantas medicinales. Actualmente está investigando sobre la elaboración de alimento fosilizado –“la que comen los astronautas”, aclara- y de sampa, un tipo de harina hecha con legumbres que usaron los tibetanos en épocas de crisis alimentarias. Julio no cree en el apocalipsis zombi, está más preocupado por los casos de hantavirus que ocurren en nuestro país porque “si llega a ser una pandemia, no hay cura, no creo en las vacunas que dicen que tienen”. Algunos los tildarán de locos, exagerados o paranoicos pero lo cierto es que la raza humana no estará por siempre en la Tierra, y es probable que su destrucción sea propiciada por el mismo ser humano. Ante ello, algunos prefieren estar preparados, otros sólo preocuparse y el resto quizás reírse. El tiempo dirá quien sobrevive, capaz que no queda nadie.