La inseguridad es culpa y problema de todos

La inseguridad es culpa y problema de todos

Una parte de los argentinos consideran que la delincuencia juvenil es producto de las políticas que generan pobreza y exclusión social. En tanto que otro sector piensa que se resuelve aplicando "mano dura".

El Gobierno Nacional sacó a relucir una nueva idea retrógrada para intentar bajar la edad de imputabilidad a 15 años y dividió las aguas de la sociedad argentina, como era de esperarse. Están los que apoyan la medida porque están convencidos que así se soluciona el problema de la inseguridad y también están los que opinan que ese no es el camino sino que resulta mucho más complejo y largo. La política de la mano dura ha fracasado en diversos países del mundo, según aseguran los especialistas en el tema. Las únicas naciones que han conseguido controlar este flagelo son aquellas que le brindan oportunidades y buena calidad de vida a sus ciudadanos. Es así, guste o no. Sin embargo, en algunos países de Sudamérica asistimos a un retroceso en la materia. Jair Bolsonaro obtuvo la presidencia de Brasil con más de un 55% de los votos en segunda vuelta, e hizo campaña, se podría decir metafóricamente, con un FAL en la mano. En pocas palabras, le dijo al electorado lo que una parte importante de la población quería oír: les garantizó seguridad. El ex militar prometió, y la gente compró. En Argentina, el presidente Macri y sus funcionarios copian esa estrategia. Es muy probable que la ley de baja de la edad de imputabilidad no se apruebe, pero eso no le interesa a Cambiemos. Lo que realmente busca es dejar en claro ante la ciudadanía que ellos son los representantes de ese sector social, para nada minoritario lamentablemente, que pide tolerancia cero de las fuerzas de seguridad y “que los maten a todos”. De esta manera, se busca evitar el éxodo de votos hacia candidatos cercanos al macrismo, como Massa o Urtubey, pero más moderados en su discurso. Más allá de eso, es bueno reconocer que la inseguridad surge de un histórico problema social argentino que es la pobreza estructural. Existe una franja social en nuestro país que nunca obtuvo mejoras significativas en su vida, más allá de quien gobernara, y cuando la crisis económica vuelve a acechar, el tejido social se rompe inevitablemente lo que provoca que cada vez más desamparados salgan a hacer lo que sea con tal de poder comer y sobrevivir. Un joven o un menor de edad no roba o mata por gusto, lo hace porque ya está jugado, porque el Estado, o sea todos nosotros, no supo contenerlo y ofrecerle educación y opciones para que pudiera construir un proyecto de vida propio. En esto tiene mucho que ver la pérdida de la institución familia, como uno de los valores supremos de la sociedad. Y aquí hay que decir que se trata de una tendencia mundial, no sólo argentina. Los matrimonios se divorcian a diario y los que siguen juntos se la pasan trabajando, entonces los hijos quedan al cuidado de niñeras o guarderías en edades cada vez más tempranas, o en el peor de los casos quedan sin ningún cuidado y con la calle y sus peligros como único refugio. En estos tiempos, tener un horizonte familiar se ha vuelto casi revolucionario. Es en ese grupo social donde se aprende a respetar, a absorber valores, donde se aprende a confrontar con la vida de manera superadora; pero lamentablemente esto se viene perdiendo a pasos agigantados. No obstante, la ciudadanía exige, con todo derecho, que los políticos resuelvan los problemas cotidianos, o sea, los de ahora. La inseguridad puede paliarse en el corto plazo, con una mejor resolución de la Justicia, que tendría que dejar de ser tan ineficaz y lenta; y en el largo plazo con un proyecto de país que tenga a la educación como eje prioritario. Hay que formar a nuestros jóvenes, brindarles oportunidades para que puedan practicar deportes, actividades culturales y artísticas en lugares accesibles, formarlos para que puedan llevar adelante su vida y que no piensen que no valen nada. Lograr ese cometido es responsabilidad fundamental de todos como sociedad, pero principalmente de los tres poderes: Judicial, Ejecutivo y Legislativo, que tendrían que abordar de manera conjunta estas problemáticas. Habría que delinear programas en las cárceles para que las personas que están allí consigan una verdadera reinserción social una vez que salgan, y no caigan en la reincidencia. Además es necesario revalorizar el trabajo de policía, que es un funcionario público más, y dotarlo de herramientas que le permitan confrontar eficazmente con la realidad actual sin tener que convertirse en un violento. El Estado tiene que hacerse cargo de tejer estas redes complejas de contención, y para eso es primordial que los gobiernos, ya sean nacionales, provinciales o municipales, no implementen políticas que hambrean al pueblo, que aumentan la pobreza, la falta de trabajo y expulsa a los chicos del sistema. El objetivo no es fácil, pero tampoco imposible y por más que los que hoy estamos vivos seguramente no lleguemos a ver ese progreso en la sociedad, algún día hay que empezar y dejar de lado propuestas altisonantes que no sirven y sólo aparecen en época de elecciones. Podemos hacer cualquier cosa con un caníbal, menos comérnoslo. Si no se ataca el problema de raíz, nada va a cambiar, si el sistema sigue incluyendo sólo a una parte de la sociedad y excluyendo al resto se podrán usar todas las balas del mundo pero los que quedan afuera siempre van a volver a buscar lo que no tienen. Los lectores de Guía en La Pampa...tienen la palabra.